lunes, 7 de enero de 2013

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El cansancio, ahora que por fin se había resuelto todo, empezó poco a poco a pesarle, y cuando llegó Marinella apenas tuvo tiempo de abrir la puerta y volver a cerrarla antes de caer de rodillas como los caballos cuando ya no pueden más. En su cuerpo no había un solo músculo que no estuviera flojo.
Se arrastró de rodillas hasta el dormitorio, se encaramó a la cama vestido como estaba, agarrándose a la colcha, y se encontró de golpe sumido en un profundo sueño, abismal.



La danza de la gaviota
Andrea Camilleri
Narrativa Salamandra









































Amanecer y Danza Invisible


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